Por Carmen Quintanilla. Presidenta nacional de AFAMMER (Asociación de Mujeres y Familias del Medio Rural)


Desde el estallido de la pandemia de la covid-19 en marzo del 2020, como sociedad nos hemos tenido que medir a grandes retos que nos han venido llegando con urgencia, modificando las bases que hasta entonces considerábamos como normales en nuestro día a día.

Con el decreto del Estado de Alarma el 14 de marzo, se dio pistoletazo de salida a una reinvención de todos los ámbitos sociales que tuvimos que asumir y adaptar a lo que hasta entonces veníamos haciendo. Los hogares se transformaron no solo en un búnker contra el virus, sino que también quedaron convertidos en colegios, centros laborales, parques de juegos y lugar de encuentro para la familia.

Aunque durante los primeros días “el encierro obligatorio” fue un alivio ante el temor de contraer la enfermedad, e incluso se acumularon momentos divertidos que inundaron las redes sociales en forma de retos virales que tuvieron que ver con el papel higiénico, con raparse el pelo o con encestar calcetines, la realidad acabó generando caos, desconcierto y necesidad de replantearse los roles familiares, porque 24 horas en casa no solo dan más trabajo, sino que desequilibra la mente y provoca serios problemas cuando las nuevas necesidades no se someten a un reparto equitativo en la pareja.

Encuestas realizadas durante el pasado verano han puesto sobre la mesa que sobre todo para las mujeres esta situación ha provocado un mayor índice de ansiedad, derivada no solo de la situación de pandemia que nos ha afectado de forma global, sino también porque trabajo y familia la han hecho desbordar sus tareas diarias obligatorias.

El teletrabajo ha sobrecargado las jornadas laborales de las mujeres empleadas; la desconexión digital no se ha respetado y mientras tanto, se ha tenido que atender a los hijos para que siguiesen sus cursos escolares con la mayor normalidad posible, así como las necesidades propias del hogar que se multiplicaron exponencialmente al tener a los más pequeños durante todo el día “entretenidos” en casa. En el ámbito rural, donde los hombres pasan más horas fuera, se han agudizado estas situaciones de estrés en las mujeres en las que ha recaído la total responsabilidad de las nuevas cargas familiares originadas por la pandemia.

Por cifrar la situación de las mujeres en el medio rural en nuestro país, queda de manifiesto que el 56,8% de las mujeres rurales afirma ser la única responsable del trabajo doméstico y familiar, donde el 98% de los hombres no intervienen.

El 51,9% de las mujeres identificaron el cuidado familiar y las tareas del hogar como su dedicación principal, independientemente de que desarrollen además un trabajo productivo, que dejan de desarrollar en el 24% de los casos cuando son madres.

En relación a la conciliación de la vida laboral, familiar y personal, el 74,1% de las mujeres del medio rural entre los 20 y los 65 años son madres, de las cuales solo el 39% acceden a servicios prestados por escuelas infantiles, en la mayoría de los casos, por la falta de medios en el medio rural que les ayude a conciliar una vida familiar y laboral. Pero no solo es un problema que afecta durante la etapa reproductiva, sino que también se refiere al cuidado de las personas mayores.

El 21,6% de las mujeres rurales tienen a su alrededor a una persona mayor o con discapacidad, siendo ellas las cuidadoras principales en el 58,5% de los casos, a las que en la mayoría de las ocasiones recurrir al Servicio de Ayuda a Domicilio o la teleasistencia supondría un gran respaldo.

Los aplausos de las 20:00 h y los arcoíris de colores que inundaron los balcones sobre el lema “Todo saldrá bien” no han podido ocultar la inminente necesidad de rubricar grandes cambios estructurales dentro de la familia para los que esta pandemia debe servir como una gran oportunidad sobre las que establecer las nuevas reglas de juego. Y me refiero a la necesidad de verdaderos planes de conciliación donde primen la igualdad, el intercambio de roles dentro del ámbito doméstico y en la adaptación de los horarios laborales en los que se contemplen el cuidado del hogar y familiar.

Históricamente el medio rural ha soportado los desequilibrios en el reparto de tareas de una manera más acentuada, con un papel femenino secundario y residual en el reconocimiento laboral y una exclusividad casi única en el cuidado familiar.

Desde marzo se han modificado todos nuestros esquemas y estoy convencida de que seguirán cayendo muchos de ellos a lo largo de los próximos meses. Se ha originado una nueva forma de relacionarnos, de trabajar y de llevar a cabo nuestra vida familiar y personal. La tecnología ha germinado allí donde parecía que no tenía hueco, presentándose como una gran necesidad para no quedar aislados y sin servicios. Sobre ella se va a programar la nueva forma de llevar a cabo la medicina, la educación o el trabajo.

Esta nueva realidad nos ha dejado claro que es una obligación apostar por la innovación, el progreso y la conectividad, pero también por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, por la conciliación laboral y familiar y por el reparto de tareas en el ámbito doméstico, porque solo así estaremos dejando vía libre a la incorporación de la mujer en el mercado.

Ante este nuevo mundo que se nos presenta, el medio rural y las mujeres parten en la línea de salida con claras desventajas. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el virus está golpeando especialmente a sectores como la restauración; las actividades inmobiliarias, comerciales o el comercio, donde se concentra el 41% del empleo femenino.

Debemos prepararnos para un futuro que nos obliga a cambiar y donde el papel de la mujer será vital para recuperar la productividad perdida en una crisis que no solo es sanitaria, sino que es una crisis humanitaria sin precedentes y que económicamente también dejará profundas heridas y que llevará muchos años poder reparar y ante las que hoy debemos poner las primeras vendas, comenzando por el reconocimiento del papel femenino en el trabajo y la necesidad de conciliar como pilar fundamental sobre los que empezar a ejecutar el resto de nuevos desafíos.

Conciliar no es una concesión generosa, es una necesidad para nuestra sociedad global en la que mujeres y hombres tenemos tanto por hacer.

Carmen Quintanilla también es parlamentaria honoraria del Consejo de Europa y vicepresidenta de la ESU (Unión Europea de Mayores del PP).

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